La fundación de Madrid

Christine Mazzoli-Guintard

Nota editorial: este artículo fue publicado originalmente en 2011, en el libro De Maŷrit a Madrid: Madrid y los árabes, del siglo IX al siglo XXI, ed. de Daniel Gil-Benumeya, Madrid: Casa Árabe/Lunwerg, 2011. Lo reproducimos aquí con permiso de la autora. Christine Mazzoli-Guintard, colaboradora del Centro de Estudios sobre el Madrid Islámico, es profesora de la Universidad de Nantes y autora del libro Madrid, pequeña ciudad de Al-Ándalus (A. C. Al-Mudayna, 2011), entre otras investigaciones sobre historia de Al-Ándalus.

El marco espacial y temporal de la fundación

Madrid está ubicado en el centro de la Península Ibérica, al sur de la barrera montañosa del Sistema Central, en la planicie árida de los terrenos antiguos y accidentados de la Meseta. Madrid ve, pues, su horizonte cerrado, al oeste y al norte, por la sierra de Guadarrama; la ciudad está instalada en la llanura terciaria, formada por materiales sedimentarios y detríticos, sobre una de las numerosas colinas que constelan el paisaje de los últimos contrafuertes de la sierra.[1] Sobre esta colina, cuya altitud media es de 640 m, se asienta hoy el centro histórico de la capital española, en la encrucijada de las calles Bailén y Mayor; la prominencia estaba protegida naturalmente en tres de sus lados por cursos de agua: dos de ellos bordeaban bastante estrechamente la colina, al norte, donde la calle del Arenal sigue el antiguo cauce del río, y al sur, donde la calle Segovia ocupa el lecho del desaparecido arroyo de San Pedro. De los tres ríos que rodean el asentamiento de Maŷrīṭ, fue con un arroyo, el de San Pedro, con el que la pequeña ciudad mantuvo las relaciones más estrechas: Jaime Oliver Asín sitúa allí el origen mismo de la ciudad, el primer poblamiento de Madrid, el de una comunidad de cazadores y pastores que se habría instalado en las orillas del arroyo de San Pedro.[2]

Vista de Madrid de Anton van der Vyngaerde (1562).

Los datos, particularmente parcos, sobre los tiempos remotos de Madrid fueron a menudo interpretados al compás de su destino de capital, es decir que la erudición se esforzó en darle una historia anclada en la noche de los tiempos, como para huir de la idea de que una capital pudiera tener sus orígenes en una ciudad nacida en aquella oscura Edad Media. Sin embargo, los intentos por relacionar Madrid con la Mantua prerromana o con la romana Miaccum fueron vanos, y pasó exactamente lo mismo con los esfuerzos por ver allí un hábitat estable en época visigoda: la arqueología no ha podido confirmar ninguna de las hipótesis que querían otorgar a Madrid un pasado más atractivo que un nacimiento medieval e islámico.[3] De tal forma que, en el estado actual de nuestros conocimientos, no ha sido descubierta ninguna estructura que permita suponer la existencia, antes de la época islámica, de un hábitat permanente sobre la colina del centro histórico de Madrid. Para decirlo de otra manera, el primer hábitat permanente y estable en la colina madrileña nace con los Omeyas de Córdoba.

A lo largo de su existencia, Maŷrīṭ estuvo ubicada en una zona de confines, muy alejada de la capital en época omeya, más cercana del centro del Estado cuando perteneció a la taifa de Toledo. Durante toda su historia, tiene como vecino del norte a un reino cristiano, el castellano-leonés, cuyo poderío no deja de reforzarse y cuyo centro de gravedad no para de desplazarse hacia el sur. Queda, para acabar esta presentación del espacio donde se asienta Maŷrīṭ, hablar de las mujeres y hombres que viven en la parte central de la Marca Media. Muchas veces se ha subrayado la importancia del poblamiento bereber de esta marca, desde la región de Albarracín y de Santaver hasta la zona situada, al oeste de Toledo, entre el Tajo y el Guadiana.[4] La región donde va a nacer y desarrollarse Madrid estaba dominada por los Banū Sālim, linaje bereber de la tribu de los Maṣmūda, muy presente en la Marca Media, donde dejó su nombre a la ciudad de Medinaceli, Madīnat Sālim.[5]

El nacimiento de Madrid se inscribe en un periodo de rebrote de la vida urbana, que se extiende durante un siglo largo, desde la fundación de Murcia, en el año 825, hasta la de Madīnat al-Zahrā’, en el 936. Esta primera fase de la urbanización de al-Andalus está marcada por la consolidación de ciudades heredadas de la Antigüedad que amenazas exteriores, normandas o cristianas, incitan a fortificar, y también por fundaciones urbanas, es decir, en la mayoría de los casos, por consolidaciones de hábitats preexistentes que se integran en el Estado omeya por la instalación de tropas alrededor de un gobernador.[6] Estas fundaciones tienen como finalidad luchar contra las fuerzas centrífugas que amenazan el Estado omeya; así Murcia, fundada por ‘Abd al-Raḥmān II en el 825 para ser la nueva cabeza de distrito de una región donde dos clanes árabes se enfrentan. Otras fundaciones urbanas proceden de rebeldes al emir cordobés: también se trata de la consolidación de un poblamiento anterior que se convierte en la residencia fortificada del caudillo de la rebelión y de sus allegados. Badajoz, Mértola, Faro, Silves, y también Lérida, Balaguer, Uclés o Pechina deben a rebeldes los trabajos de consolidación de su hábitat, por estructuras fortificadas en general, por la construcción de infraestructuras imprescindibles para la vida cotidiana, baños y mezquitas, a veces también.

Fortaleza de Calatayud: Qal’at Ayyub o Castillo de Ayyub. (Foto: Wikimedia Commons).

El nacimiento de Madrid se inscribe, pues, en el movimiento general de urbanización que afecta a todo al-Andalus en el siglo IX y, más ampliamente, a todo el Occidente musulmán. Por otro lado, el desarrollo de Madrid parece seguir las modalidades de expansión de los embriones de ciudades nacidas en esta primera fase de urbanización: estos primeros núcleos urbanos presentan un marcado carácter militar, como Alcalá de Henares, con un recinto de dos hectáreas en lo alto de una pequeña meseta cuyo perímetro rodea la muralla. Al pie de la fortificación se desarrolla un poblamiento abierto cuya existencia en los siglos IX y X está atestiguada por la cerámica.[7] Otras ciudades nacen de una fortificación: se conoce bien, ahora, el desarrollo de Jaén en forma de arrabales apartados del núcleo fortificado a partir de finales del siglo IX.[8] En el origen de Calatayud está una simple fortificación, convertida en imponente complejo fortificado para impedir el avance de los Banū Qāsī hacia el sur, en el marco de la política de apropiación y ocupación de su territorio que lleva a cabo el emir Muḥammad I. Así, una ciudad se desarrolla en el valle, protegida por tres fortalezas unidas por una muralla, dotada de una mezquita aljama, de un zoco y de una residencia para el gobernador.[9]

Muḥammad I (852-886), el emir fundador

Maŷrīṭ entra en la historia cuando el emir de Córdoba ordena su fundación. El cronista al-Rāzī (888-955), nacido algunos años después de la decisión emiral, fijó el recuerdo del nacimiento de Maŷrīṭ; así lo compila Ibn Ḥayyān (987-1076):

A Muḥammad [I] del tiempo de su reinado se le deben hermosas obras, muchas gestas, grandes triunfos y total cuidado por el bienestar de los musulmanes, preocupándose por sus fronteras, guardando sus brechas, consolidando sus lugares extremos y atendiendo a sus necesidades. Él fue quien ordenó construir (bunyān) el castillo (ḥiṣn) de Esteras [del Ducado], para [guardar] las cosechas de Medinaceli encontrándose en su lado noroeste. Y él fue quien, para las gentes de la frontera de Toledo, construyó (banā) el castillo (ḥiṣn) de Talamanca, y el castillo (ḥiṣn) de Madrid (Maŷrīṭ) y el castillo (ḥiṣn) de Peñafora. Con frecuencia recababa noticias de las marcas y atendía a lo que en ellas ocurría, enviando a personas de su confianza para comprobar que se hallaban bien.[10]

Esta noticia, la más completa sobre el nacimiento de Maŷrīṭ, contiene todos los datos disponibles sobre la fundación, a saber: su autor, el emir omeya Muḥammad I, la naturaleza de ésta, la construcción (banā) de una fortificación (ḥiṣn), y la motivación de la fundación, el bienestar de los habitantes de la frontera de Toledo.

Atalaya de El Vellón en la sierra de Madrid. (Foto: Javier Sánchez.)

Muḥammad I es un emir edificador:[11] llegado al poder a los treinta años, dirige el emirato durante casi treinta y cuatro, entre el 23 de septiembre del año 852 y el 4 de agosto del año 886; le favorecen la duración y la madurez, que contribuyeron a la política de construcciones que desarrolló por al-Andalus. Los trabajos ordenados por Muḥammad I tocaron todos los ámbitos de la construcción: religioso —en Córdoba, Algeciras, Elvira, Málaga, Écija, Medina-Sidonia y Zaragoza—, palatino —en el alcázar de Córdoba y las almunias de la capital— y militar —en Esteras, Talamanca, Madrid, Peñafora, Calatrava, Jándula, Calatayud, Huesca, Úbeda y en castillos de las coras de Jaén, Rayya y Algeciras—. Los hechos que se pueden fechar con precisión indican que las verdaderas obras de construcción o de consolidación se hacen antes del comienzo de la fitna, en el 875-876, y van menguando paulatinamente:[12] a un primer y largo decenio rico en construcciones ordenadas por el emir, los años 853-865, sucede un periodo durante el cual las construcciones se enrarecen y para las cuales, a veces, Muḥammad I ni siquiera es quien toma la decisión. Por lo que se refiere al contenido mismo de los trabajos ordenados por el emir, ḥiṣn contiene sin lugar a dudas la idea de una fortificación; el mejor ejemplo que queda de ḥiṣn edificado en el siglo IX por el poder cordobés es el de Mérida, porque se conserva su inscripción fundacional, porque sus altas murallas de piedra se alzan todavía a orillas del Guadiana.[13] ¿Cabe imaginar, tras los restos de murallas descubiertos en Madrid, en la cuesta de la Vega, una construcción de importancia similar? Incita a pensarlo tanto el plano —cuadrilátero regular en Mérida, cuadrilátero deformado en Madrid— como las torres, macizas, cuadrangulares y de poco saliente, que jalonan ambas murallas.

Queda, por fin, señalar lo que pudo animar la acción del emir. En los años cincuenta y sesenta vieron los historiadores en la fundación madrileña la voluntad de proteger la frontera septentrional frente a los cristianos y la posición ofensiva del rey de Oviedo Ordoño I (850-866).[14] En los años ochenta, se interpreta la aparición de una fortificación en Madrid como la voluntad de Córdoba de reforzar su autoridad en una región sacudida por rebeliones incesantes; la fundación de Maŷrīṭ tiene como objetivo establecer firmemente la autoridad omeya frente a las revueltas toledanas.[15] José Luis Bermejo y Kenia Muñoz añaden una tercera hipótesis, según la cual Madrid resultaría de la intervención de los Banū Sālim en la defensa de la región: la incapacidad del emirato para controlar de manera efectiva las marcas lleva a los bereberes a reorganizar su territorio con el fin de protegerlo de los ataques de la insumisa Toledo, y también de las acometidas de los potentes grupos tribales vecinos, los Banū Qāsī al norte y los Banū Ḏī l-Nūn al este.[16] Finalmente, Cristina Segura plantea una última hipótesis en cuanto al nacimiento de Madrid, al considerar Madrid como la obra de un rebelde que fortalece la insumisión de la zona hasta que ‘Abd al-Raḥmān III pacte la entrega con un hermano del fundador y dote a Madrid de la condición de medina como premio a su sumisión.[17]

Maŷrīṭ, entre ḥiṣn y madīna

El punto de partida de Madrid reside en la decisión del emir Muḥammad I de fundar un lugar fortificado, ḥiṣn, en los confines de la Marca Media, sin duda antes del 865. Consecuencia inmediata de ese hecho, el lugar toma definitivamente la forma toponímica Maŷrīṭ y aparecen unos elementos que permiten asegurar la protección del poblamiento, verosímilmente una muralla y una administración en cierne, por lo menos encarnada por un gobernador y una guarnición. Madrid aparece después en las fuentes escritas árabes bajo la forma de un pequeño núcleo urbano dotado de una mezquita aljama, erigido en foco cultural animado por los ulemas, provisto de un cadí, sin que sea posible precisar cuándo Madrid se convirtió así en la madīna ṣagīra que al-Idrīsī evoca a mediados del siglo XII: el contraste, referido a un mismo lugar, entre un indicio que atestigua la presencia de una fortificación y unos testimonios que indican la existencia de una ciudad es recurrente en los primeros tiempos de la historia urbana de al-Andalus.[18]

El nombre de Madrid es, sin lugar a dudas, el topónimo que más estudios suscitó, desde la obra magistral publicada por Jaime Oliver Asín en el año 1959.[19] Hoy día, el arabismo español queda dividido entre las dos posibles etimologías de la palabra, latina o árabe, que fueron sugeridas en los años sesenta. Según Joan Coromines, Maŷrīṭ procede de la voz latina matrice, que sufre una alteración del orden de sus letras, lo que permite establecer una relación entre la palabra latina y la árabe maŷrà;[20] Federico Corriente, seguido por Manuela Marín, opina en favor de una etimología latina y de la hipótesis de Joan Coromines.[21] Jaime Oliver Asín hace de Maŷrīṭ un término plenamente árabe, sin ningún antecedente latino: Maŷrīṭ es, pues, «una voz híbrida, compuesta del término árabe maŷrà y del sufijo mozárabe -īṭ (indicando abundancia), que era como se pronunciaba en la España musulmana el latín –etum»;[22] por su parte, maŷrà designa un canal artificial de captación de aguas, en particular el canal subterráneo cuya presencia está ampliamente atestiguada en el subsuelo madrileño. La hipótesis árabe también es la de María Jesús Rubiera Mata: Madrid viene del árabe maŷrà, al que se suma el sufijo -īṭ, y la forma actual resultaría de una traducción culta del árabe al latín matric.[23]

El nombre Maŷrīṭ en árabe.

Según la hipótesis, la significación histórica del topónimo cambia profundamente: la hipótesis latina supone la existencia de un poblamiento anterior al islam, mientras que la hipótesis árabe implica la ausencia de dicho poblamiento o la existencia de un poblamiento que no dejó ninguna huella en una memoria colectiva que habría olvidado hasta su nombre. Todavía quedan incertidumbres alrededor de la toponimia madrileña: ¿dónde están, en las hipótesis precedentes, los bereberes que poblaban esta región de la Marca Media? ¿Estaban instalados cerca del arroyo de San Pedro, en un lugar ya significado por el ser humano, y su aportación lingüística fue borrada por la fundación emiral del siglo IX que fija definitivamente la forma, árabe, del topónimo? Tienen la palabra, de nuevo, los filólogos. No olvidemos que la forma Maŷrīṭ, la única conocida, es la que un individuo, que redactaba en árabe, decidió fijar; frente a variantes orales que pudieron coexistir, el que redacta siempre se esfuerza de normalizar en función de sus cánones, buscando una voz vecina a la que oye, con riesgo de deformarla.[24]

Las fuentes emplean alternativamente ḥiṣn y madīna para designar a Maŷrīṭ, tal y como lo hacen a propósito de muchas otras poblaciones de al-Andalus.[25] Cabe subrayar que todavía resulta difícil situar en un ámbito preciso lo que diferencia el empleo de ambas voces: no se puede considerar el ḥiṣn como de dimensiones más modestas que la madīna; el pasado en el cual la población hunde sus raíces no permite siempre distinguir madīna y ḥiṣn; la naturaleza del poder que está en el origen de la población no permite, tampoco, distinguir ambas formas de poblamiento. Por fin, buscar en el ámbito administrativo la diferencia entre madīna y ḥiṣn parece ser la hipótesis menos deficiente: en época omeya, madīna a menudo designa la cabeza de distrito, en particular de la cora, donde se encuentran varios representantes de la administración cordobesa, mientras ḥiṣn parece reflejar una administración más rudimentaria y en cierne, de tipo militar, únicamente compuesta de un representante oficialmente nombrado por Córdoba, agente del gobierno, asistido por unas tropas a fin de imponer el orden de la capital en la provincia.

Dentro de una misma fuente, el Muqtabis de Ibn Ḥayyān, Maŷrīṭ aparece primero como un ḥiṣn, en época de Muḥammad I. Luego, otras citas relativas al reinado de ‘Abd al-Raḥmān III mencionan Maŷrīṭ como una madīna.[26] Este cambio en la terminología, ¿puede reflejar el paso de una administración militar rudimentaria a una administración más desarrollada? Madrid, fundada como una fortaleza hacia el año 865, habría albergado en el origen un representante de Córdoba, amparado por una guarnición, instalado allí para mantener el orden de la capital en la región, claramente con el propósito de impedir las rebeliones y recaudar los impuestos; la fundación del ḥiṣn por Muḥammad I se correspondería con la primera implantación de los Omeyas en la región. Tras la fitna y la proclamación del califato, se designa la localidad con la voz madīna, como si se hubiera convertido en pequeña ciudad, centro estructurador de un territorio y ya no sólo lugar de residencia de una guarnición. Pero el vocabulario sólo puede ser un indicio del desarrollo de Madrid: la pequeña ciudad de la época omeya ha conservado restos de su muralla, que permiten tomar otra medida de la importancia de la población.

Las fortificaciones de Maŷrīṭ: restos e interrogantes

Esquema de los recintos amurallados de Madrid, según Francisco José Marín Perellón, publicado en «Las murallas árabes de Madrid» (1987).

De su existencia, las fortificaciones madrileñas han dejado huellas diversas, descripciones, representaciones figuradas y vestigios, descubiertos los primeros de éstos en 1953 y los últimos en el 2000 con las excavaciones de la plaza de la Armería. Con estas fuentes, se elaboraron esquemas muy distintos del trazado de la muralla omeya. Siempre distinguió la historiografía, en el Madrid medieval, una primera y una segunda muralla, diferentes por la forma de sus torres, la primera con torres cuadrangulares, la segunda con torres redondas. Más allá de las incertidumbres sobre el trazado exacto de ambos recintos, el primero encierra un espacio mucho más reducido que el segundo; el segundo rodea al primero en sus lados sur y este y lo encierra de manera más o menos completa en cualquiera de los esquemas propuestos. Las discrepancias entre los autores y sus respectivos esquemas se sitúan en detalles del trazado de ambas murallas, en la función respectiva de cada una y en su cronología; si todos consideran islámica la primera muralla, en cambio, no están de acuerdo en cuanto a la segunda, islámica para algunos, cristiana para otros. Por otro lado, para algunos autores, la primera muralla sólo es la alcazaba de la ciudad, mientras que la segunda es la ciudad civil; para otros, la primera muralla es el núcleo urbano primitivo y la segunda, que tomó la forma de un arrabal cercado, resulta de la expansión de la ciudad.

Tales discrepancias en la configuración de los espacios fortificados llevaron a ciudades de dimensiones muy distintas, con una variación de uno a diez sólo para el Madrid islámico. De un estudio a otro, el espacio intramuros pasó de algo más de 35 hectáreas a unas cuatro hectáreas; el esquema de un Madrid islámico muy amplio domina la historiografía, con una sola excepción, hasta finales de los años ochenta. Según Elías Tormo y Monzó,[27] la muralla de Madrid va del Palacio Real hasta la plaza de Isabel II, tuerce luego al sur, por las plazas de San Miguel y de Puerta Cerrada, para llegar a la plaza de la Puerta de Moros, su punto más meridional; la muralla sube entonces hacia el norte, pasa por la Cuesta de la Vega, antes de alcanzar el Palacio Real: en su conjunto, despliega dos kilómetros de muros, lo que puede dar, como máximo, unas 32 hectáreas intramuros. El esquema propuesto por Jaime Oliver Asín es más amplio aún: la ciudad cubre más de 35 hectáreas, con su primer recinto que encierra unas 9 hectáreas y el segundo, 26.[28] Vuelve este esquema, con algunas modificaciones de detalle, en la configuración de los espacios fortificados de Madrid que proponen Luis Caballero, Hortensia Larrén, Manuel Retuerce, Araceli Turina y Juan Zozaya:[29] según ellos, la primera muralla encierra 8 hectáreas y la segunda 26,5. El mismo modelo de un vasto Madrid islámico existe hasta finales de los años ochenta, en las contribuciones de Manuel Montero Vallejo o de Francisco José Marín Perellón.[30] En cambio, a mediados de los años ochenta, Basilio Pavón Maldonado sugiere un Madrid andalusí de proporciones más modestas: separa en dos la segunda muralla al nivel de la calle Mayor, y considera islámica la parte norte, mientras hace de la meridional una expansión de la ciudad en época cristiana; yuxtapone una fortaleza de unas 3 o 4 hectáreas y una ciudad civil de 12 hectáreas, o sea un Madrid islámico de unas 15 hectáreas.[31]

Hipótesis de Basilio Pavón Maldonado (1984-1985), publicada en Fernando Valdés, «El Madrid islámico. Notas para una discusión arqueológica» (1992).

A principios de los años noventa, Fernando Valdés Fernández corta nítidamente con los esquemas precedentes: inscribe definitivamente la segunda muralla en la época cristiana y opina que sólo la primera puede ser considerada como islámica, por sus características: torres macizas, rectangulares, con poco saliente, regularmente dispuestas a lo largo del muro y provistas de una zarpa escalonada.[32] Las contribuciones posteriores al artículo de Fernando Valdés son unánimes en hacer de la segunda muralla una fortificación cristiana y en considerar islámica la primera muralla: Manuel Retuerce Velasco considera que la ciudad islámica abarca toda la primera muralla, con el Palacio Real y el espacio que está entre medias;[33] según Antonio Fernández Ugalde, Francisco José Marín Perellón, Pilar Mena Muñoz, Javier Ortega Vidal, Elena Serrano Herrero y Mar Torra Pérez, el Madrid andalusí se extiende en la parte meridional de la primera muralla, bajo la forma de un cuadrilátero irregular marcado por los vestigios descubiertos de la muralla, o sea sobre algo más de cuatro hectáreas.[34] Madrid se encuentra así entre las ciudades más modestas de al-Andalus y se inscribe perfectamente en la red de las demás ciudades pequeñas de su tiempo y de su región. Así, Calatrava también se extiende sobre unas cuatro hectáreas, Zorita de los Canes sobre algo más de tres y Alcalá de Henares sobre más de dos; Talamanca debía tener, intramuros, unas siete hectáreas y Vascos unas ocho.[35]

Hipótesis de Fernando Valdés Fernández, publicada en «El Madrid islámico. Notas para una discusión arqueológica» (1992).

Si la historiografía considera ahora Madrid como una pequeña ciudad de al-Andalus, la vacilación entre una ciudad de unas 4 hectáreas y otra de 9 viene de la interpretación que se hace del recinto fortificado que sirve de residencia al gobernador. En efecto, entre los rasgos considerados como característicos de las ciudades de al-Andalus, está la presencia de este reducto fortificado, que las fuentes suelen llamar alcázar o alcazaba: en el caso de Maŷrīṭ, la opinión más difundida consiste en buscarlo debajo del actual Palacio Real, por lo cual la ciudad se extendería sobre unas 9 hectáreas y estaría compuesta de dos fortificaciones, instaladas en dos cerros vecinos, uno coronado por el reducto fortificado militar —bajo el Palacio Real— y otro por la ciudad civil —el cuadrilátero de 4 hectáreas—. Sin embargo, según Fernando Valdés, puesto que nada en las fuentes permite identificar el más mínimo vestigio de una hipotética fortaleza árabe en el emplazamiento del actual Palacio Real, y que el testimonio más antiguo sobre un alcázar medieval ubicado allí se remonta al último cuarto del siglo XIV, el Maŷrīṭ fortificado se reduce al cuadrilátero irregular; habría que buscar la residencia del gobernador dentro de este recinto, en su ángulo noroeste, por tener la cota más alta del espacio intramuros. Queda abierto el debate y cabe esperar que las excavaciones de la plaza de la Armería, dirigidas por Esther Andréu Mediero, aporten datos nuevos al respecto.

Por último, el Madrid andalusí no se limita al espacio cercado por las murallas, sino que existen núcleos de hábitat más allá del recinto urbano, al sur y al este de la ciudad, ubicados, los más alejados, a 450 metros de la muralla. Su existencia está atestiguada por silos y pozos:[36] el primer núcleo, al sur de la ciudad, en la colina de las Vistillas, corresponde a las excavaciones realizadas entre la plaza de los Carros y la parte occidental de la calle de Segovia, es decir en la parte occidental de la colina. El segundo espacio poblado extramuros se encuentra al sureste de la ciudad y corresponde a las excavaciones realizadas entre las calles Cava Baja, Cava Alta y la parte oriental de la calle de Segovia, hasta el nivel de la plaza de Puerta Cerrada y evidenciaron una densidad menor del hábitat. El tercer núcleo de hábitat extramuros, situado más allá de la puerta de Santa María, corresponde a los restos descubiertos entre las calles Sacramento y Mayor y la cuarta zona, al noreste de la ciudad, corresponde a los espacios excavados en la calle Santiago, plaza de Ramales y estación de Ópera. La mayor concentración de hábitat está en el primero de estos núcleos, el de la colina de las Vistillas. Por otro lado, los espacios poblados extramuros se desarrollaron en momentos distintos de la historia de Maŷrīṭ: puesto que el poblamiento de la colina de las Vistillas no se puede poner en relación con ninguna puerta de la muralla urbana, ni tampoco con un camino de acceso a la ciudad, Daniel Pérez Vicente opina que nació sin duda al mismo tiempo que la ciudad. No se debe rechazar tampoco la hipótesis de un poblamiento en la colina de las Vistillas anterior al poblamiento de la colina de Palacio.[37] En cambio, los demás núcleos de hábitat extramuros se pueden relacionar con puertas del recinto o con caminos y, por lo tanto, su desarrollo debe de ser posterior a la fundación de la ciudad.[38]

Madrid se habría desarrollado, pues, bajo la forma de núcleos de hábitat dispersos, ubicados a corta distancia de su espacio fortificado, la Almudena. Este término, de claro origen árabe y que significa alcazaba urbana, sobrevive hoy en la toponimia madrileña a través de la consagración del lugar de culto y aferra en la memoria colectiva el acto fundacional de Madrid por parte de un emir omeya de Córdoba. Acto decisivo, tanto para la historia de Madrid como para la de toda Europa, ya que Madrid es, hoy día, la única capital europea que ya se encontraba, en el Medievo, en la encrucijada de las civilizaciones.

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Notas

[1] Jaime Oliver Asín, Historia del nombre «Madrid», Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1959; 2.a ed., Madrid: Instituto de Cooperación con el Mundo Arabe, 1991, págs. 11-18 y lám. xxx; Carolina Felíu Jenicot, «Morfología del solar de Madrid», en Madrid del siglo IX al XI, Madrid: Comunidad de Madrid, Dirección General de Patrimonio Cultural, 1990, págs. 205-216.

[2] Jaime Oliver Asín, op. cit., págs. 20-23.

[3] Antonio Méndez Madariaga, «La región de Madrid en época romana», en Madrid del IX al XI, cit., págs. 15-29.

[4] Eduardo Manzano Moreno, La frontera de al-Andalus en época de los Omeyas, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1991, págs. 139-183.

[5] Helena de Felipe, Identidad y onomástica de los beréberes de al-Andalus, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1997, págs. 220-224.

[6] Christine Mazzoli-Guintard, Ciudades de al-Andalus: España y Portugal en la época musulmana (s. viii-xv), Granada: Almed, 2000, 231-252.

[7] Juan Zozaya Stabel-Hansen, «Excavaciones en la fortaleza de Qal‘at ‘Abd al-Salam (Alcalá de Henares, Madrid)», Noticiario Arqueológico Hispánico, Madrid, núm. 17, 1983, págs. 411-529.

[8] Vicente Salvatierra Cuenca, José Luis Serrano Peña y María del Carmen Pérez Martínez, «La formación de la ciudad en al-Andalus: elementos para una nueva propuesta», en Patrice Cressier y Mercedes García-Arenal (eds.), Genèse de la ville islamique, en al-Andalus et au Maghreb occidental, Madrid: Casa de Velázquez/Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1998, págs. 185-206.

[9] Juan Antonio Souto Lasala, El conjunto fortificado islámico de Calatayud, Zaragoza: Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, 2005, págs. 31-33.

[10] María Jesús Viguera Molins, «Madrid en al-Andalus», en Actas del III Jarique de Numismática Hispano-Árabe, Madrid: Museo Arqueológico Nacional, 1993, pág. 15.

[11] Juan Antonio Souto Lasala, «Obras constructivas en al-Andalus durante el emirato de Muḥammad I según el volumen ii del Muqtabis de Ibn Ḥayyān», en 1.° Congresso de Arqueologia Peninsular (Porto, 12-18 outubro 1993). Actas dos trabalhos de antropologia e etnologia, vol. 4, 1994, págs. 351-360; «Obras constructivas en al-Andalus durante el emirato de Muḥammad I según el Bayān al-Mugrib», Arqueologia Medieval, Oporto, núm. 3, 1994, págs. 27-31; «El emirato de Muḥammad I en el Bayān al-Mugrib de Ibn ‘Idārī», Anaquel de Estudios Árabes, Madrid, núm. 6, 1995, págs. 209-247; «Building (in) umayyad al-Andalus: remarks in the light of certain written sources», Al-Masāq. Islam & the Medieval Mediterranean, Exeter, núm. 11, 1999, págs. 27-39.

[12] Christine Mazzoli-Guintard, Madrid, petite ville de l’Islam médiéval (IXe-XXIe siècles), Rennes: Presses Universitaires de Rennes, 2009, págs. 44-48.

[13] Carmen Barceló, «Las inscripciones omeyas de la alcazaba de Mérida», Arqueología y Territorio Medieval, Jaén, núm. 11 (1), 2004, págs. 59-78; Santiago Feijoo y Miguel Alba Calzado, «Nueva lectura arqueológica del aljibe y la alcazaba de Mérida», en Susana Gómez Martínez(coord.), Al-Ândalus, espaço de mudança. Balanço de 25 anos de história e arqueologia medievais. (Seminário Internacional. Mértola, 16, 17 e 18 de Maio de 2005. Homenagem a Juan Zozaya Stabel-Hansen), Mértola: Campo Arqueológico de Mértola, 2006, págs. 161-170.

[14] Hipótesis defendida, entre otros especialistas, por Jaime Oliver Asín y Maḥmūd ‘Alī Makkī, como recuerda María Jesús Viguera Molins (art. cit., pág. 34).

[15] Hipótesis de Joaquín Vallvé Bermejo («La frontera de Toledo en el siglo X», en Simposio Toledo Hispanoárabe. Colegio Universitario, 6-8 mayo 1982, Toledo: Colegio Universitario, 1986, pág. 90); Eduardo Manzano Moreno («Madrid en la frontera omeya de Toledo», en Madrid del siglo IX al XI, Madrid: Comunidad de Madrid, Dirección General de Patrimonio Cultural, 1990, pág. 127); Fernando Valdés Fernández («El Madrid islámico. Notas para una discusión arqueológica», en Fernando Valdés Fernández (ed.), Maŷrīṭ: estudios de arqueología medieval madrileña, Madrid: Polifemo, 1992, pág. 145) y María Jesús Viguera Molins (art. cit., pág. 34).

[16] José Luis Bermejo Crespo y Kenia Muñoz López-Astilleros, «Poblamiento y frontera en los valles del Jarama y Henares en época islámica», en Rodrigo de Balbín Behrmann y Primitiva Bueno Ramírez (eds.), II Congreso de Arqueología Peninsular (Zamora, del 24 al 27 de septiembre de 1996), t. iv. Arqueología romana y medieval, Zamora: Fundación Rei Afonso Henriques, 1999, págs. 555-560.

[17] Cristina Segura Graíño, «El origen islámico de Madrid y las relaciones con los reinos cristianos», en Araceli Turina Gómez, Salvador Quero Castro y Amalia Pérez Navarro (coords.), Testimonios del Madrid medieval: el Madrid musulmán, Madrid: Ayuntamiento de Madrid, Museo de San Isidro, 2004, pág. 30.

[18] Christine Mazzoli-Guintard, Madrid, petite ville de l’Islam médiéval (IXe-XXIe siècles), cit., pág. 57.

[19] Ibídem, págs. 33-41.

[20] Joan Coromines, «Sobre la etimología de Madrid», Revista de Filología Española, Madrid, t. xliii, c. 3-4, 1960, págs. 447-450.

[21] Federico Corriente, «El nombre de Madrid», en Madrid del siglo IX al XI, cit., pág. 91; Manuela Marín, «Una ciudad de la frontera de al-Andalus: Maŷrīṭ», Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, Madrid, t. lvi, c. 1, 2001, pág. 13.

[22] Jaime Oliver Asín, «Notas sobre el uso del árabe maŷrà», en Conferencias y apuntes inéditos (ed. de Dolores Oliver), Madrid: Agencia Española de Cooperación Internacional, 1996, pág. 219. Teoría expuesta en el año 1963 como precisa Dolores Oliver.

[23] María Jesús Rubiera Mata, «La toponimia árabe de Madrid», en Madrid del siglo IX al XI, cit., págs. 169-170.

[24] Christine Mazzoli-Guintard, Madrid, petite ville de l’Islam médiéval (IXe-XXIe siècles), cit., págs. 39-41.

[25] Veánse los ejemplos reunidos en Christine Mazzoli-Guintard, Ciudades de al-Andalus: España y Portugal en la época musulmana (s. viii-xv), cit., págs. 445-450. Madrid está calificada de ḥiṣn por Ibn Ḥayyān, Ibn Jaldūn, al-Ḥimyarī, etc., y de madīna  por Ibn Ḥayyān, al-Idrīsī, Yāqūt, al-Ḥimyarī, etc.

[26] Christine Mazzoli-Guintard, Madrid, petite ville de l’Islam médiéval (IXe-XXIe siècles), cit., págs. 60-65.

[27] Elías Tormo y Monzó, Las murallas y las torres, los portales y el Alcázar del Madrid de la Reconquista: creación del califato, Madrid: Instituto Diego Velázquez, 1945.

[28] Jaime Oliver Asín, op. cit., 323-330.

[29] Luis Caballero Zoreda y Juan Zozaya Stabel-Hansen, «Anotaciones sobre el Madrid altomedieval», en Madrid hasta 1875: testimonios de su historia (catálogo de la exposición, Museo Municipal, dic. 1979-feb. 1980), Madrid: Ayuntamiento de Madrid. Delegación de Cultura, 1980, págs. 84-88; Luis Caballero Zoreda, Hortensia Larrén Izquierdo, Manuel Retuerce Velasco y Araceli Turina Gómez, «Las murallas de Madrid. Excavaciones y estudios arqueológicos (1972 a 1982)», Estudios de Prehistoria y Arqueología Madrileñas, Madrid, vol ii, 1983, págs. 9-182.

[30] Francisco José Marín Perellón, «Las murallas árabes de Madrid», en Actas del II Congreso de Arqueología Medieval española (Madrid, enero 1987), t. 2, Madrid: Dirección General del Patrimonio Cultural, 1987, págs. 744-754; Manuel Montero Vallejo, El Madrid medieval, Madrid: Avapiés, 1987.

[31] Basilio Pavón Maldonado, «Arqueología y urbanismo medieval en Madrid. De la Almudayna árabe a la torre mudéjar de San Nicolás», Awraq, Madrid, núm. 7-8, 1984-1985, págs. 231-278.

[32] Fernando Valdés Fernández, art. cit.

[33] Manuel Retuerce Velasco, «El agua en el Madrid andalusí», en José María Macías y Cristina Segura (coords.), Historia del abastecimiento y usos del agua en la Villa de Madrid, Madrid: Confederación Hidrográfica del Tajo/Canal de Isabel II, 2000, págs. 37-54 y «Madrid, fundación del emir Muḥammad I», en María Jesús Viguera Molins y Concepción Castillo (coords.), El esplendor de los Omeyas cordobeses: estudios, t. ii, Granada: El Legado Andalusí, 2001, págs. 118-125.

[34] Antonio Fernández Ugalde, Francisco José Marín Perellón, Pilar Mena Muñoz y Elena Serrano Herrero, Las murallas de Madrid: arqueología medieval urbana, Madrid: Comunidad de Madrid. Dirección General de Patrimonio Cultural, 1998; 2.ª ed. por Pilar Mena Muñoz, Javier Ortega Vidal, Elena Serrano Herrero, Mar Torra Pérez, Antonio Fernández Ugalde y Francisco José Marín Perellón, Madrid: Doce Calles, 2003.

[35] Existen ciudades en época omeya cuyas murallas encierran espacios mucho más amplios, como Zaragoza (40 ha) o Toledo (100 ha). En general, son ciudades que han heredado sus murallas de la Antigüedad, mientras que las ciudades nacidas con el islam tienen dimensiones más modestas. Para más precisiones sobre las superficies y las referencias bibliográficas correspondientes, véase Christine Mazzoli-Guintard, Ciudades de al-Andalus: España y Portugal en la época musulmana (s. viii-xv), cit., págs. 458-459.

[36] Daniel Pérez Vicente, «Excavaciones arqueológicas en el Madrid islámico», en Araceli Turina Gómez, Salvador Quero Castro y Amalia Pérez Navarro (coords.), op. cit., págs. 163-197.

[37] Olga Vallespín Gómez, «Excavaciones arqueológicas en la Casa de San Isidro. Intervenciones de 1989 a 1997», en Araceli Turina Gómez, Salvador Quero Castro y Amalia Pérez Navarro (coords.), op. cit., págs. 117-141.

[38] Daniel Pérez Vicente, art. cit., págs. 189-190.

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